De Waterloo a la Guerra Fría, Parte IV - Intelecto Hebreo

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03/11/2017
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De Waterloo a la Guerra Fría, Parte IV

1er Lustro Rev. Foro

Enero de 2011

Por: Jacobo Contente          


Los ideales de la Segunda República francesa y su emperador comprendían el que cada pueblo tenía derecho a su unidad e independencia. Ejemplo de ello fue Italia, que por aquella época todavía se encontraba dividida. En 1959, con la ayuda de Francia en las batallas de Magenta y Solferino, se dieron los movimientos de unidad encabezados por Garibaldi, quien pudo echar a los Borbones de Nápoles.

Algo que a la postre disgustó a los políticos italianos, fue la aceptación por parte de Francia de una hegemonía de la ciudad de Roma por parte del Papado; lo hicieron para no disgustar a sus propios ciudadanos católicos, aunque ése dominio duró hasta 1871, cuando el país ya unido anexiona la ciudad de Roma como capital del país, dejando a la iglesia y su Papa,  tan sólo el área del Vaticano.

El idealismo mal terminado de la “Segunda República” francesa y su emperador, dejaría muchos pendientes por resolver al futuro, como los casos de Argelia y varios emiratos árabes, que hasta entrado el S. XX se definirían, con el consabido derramamiento de sangre de las partes en conflicto.

En aquellas batallas, surgió por iniciativa del suizo Henri Dunant, lo que hasta ahora se conoce como toda una institución dedicada a ayudar, como es la Cruz Roja, cuyo trabajo humanitario se vería reflejado en todas las batallas de la segunda mitad del S. XIX, todo el S. XX y los conflictos que han existido en lo que se lleva del S. XXI.

Mientras tanto en el lado opuesto del Atlántico, los Estados Unidos se estaban convirtiendo en una poderosa nación, con una población de 32 millones de habitantes, que necesitaban espacio y dominio. Las actitudes y hechos de los gobernantes norteamericanos se sintieron primeramente en el caso de México, país libre y soberano al que habían declarado la guerra en 1848, con la finalidad de anexión de vastos territorios como California, Arizona y Texas.

Explotando los sentimientos antinorteamericanos, al gobierno francés se le ocurrió -junto con varios mexicanos conservadores e influyentes- la creación de un imperio bajo su influencia y protección, mandando a todo un ejército comandado por Bazaine y a Maximiliano, pariente directo del emperador de Austria. Desafortunada aventura que minó el prestigio francés, acabando con la vida del flamante emperador y varios de sus seguidores, quienes nunca pensaron que al gobierno liberal de Juárez, precisamente lo ayudaría el vecino del norte.

En Europa sin embargo, Francia e Inglaterra permitieron -basados en los principios libertarios de los estados y naciones- la consolidación de Alemania. En 1862, el Rey de Prusia Guillermo I, nombró a Bismarck (el que se conocería como el hombre de hierro) para llevar a buen fin la tan anhelada unidad germana. Por aquellos tiempos, a Bismarck se le compararía erróneamente con Garibaldi; sin embargo a diferencia del italiano -bastante romántico en sus ideales y forma de actuar-, el germano resultaría cínico y frío, traicionando en parte la confianza que el rey le había dispensado, volviendo su mandato en una especie de terrible dictadura.

Para no dejar dudas de quien gobernaría a los alemanes, Bismarck vence con facilidad a los austriacos el 3 de julio de 1866 en la población de Sadowa, convirtiendo a Viena -quien había aportado al mundo germánico, entre otros un Mozart, cierto esplendor y paz- en vasalla de Berlín; condición que duraría hasta la terminación de la primera Gran Guerra en 1918.

Al igual que Inglaterra, Francia y los Estados Unidos, Alemania se estaba convirtiendo en una gran potencia industrial, así como una fuerza militar europea -con un servicio militar obligatorio-, que a corto plazo se volvería temible entre sus vecinos por guerras y desgracias que envolverían al antigua continente. A diferencia de los hombres influidos por la ilustración, los pangermanos y Bismarck basaban sus metas y acciones en la raza. En poco tiempo terminaron militarmente con el gobierno de la segunda república, y aunque tuvieron la precaución de no entrar a París, el hombre de hierro exigió para el armisticio la anexión de Alsacia (francesa desde 1683) y una parte de Lorena (francesa des la Edad Media).
El poder, belicosidad y sus principios de sangre o étnicos de la Alemania surgida en el S. XIX, encontrará su apogeo -como veremos- en un primer y sangriento gran conflicto, además de otro a nivel mundial, en donde las locuras e ideas de razas superiores promovidas por el austriaco Hitler y sus secuaces alemanes, dejarían otra gran mancha indeleble en la moral e historia de la cultura occidental.
         

Continuará…

                                                       


                                                       




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