De Waterloo a la Guerra Fría, Parte VIII - Intelecto Hebreo

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03/11/2017
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De Waterloo a la Guerra Fría, Parte VIII

1er Lustro Rev. Foro

Por: Jacobo Contente          

(02/2011
Como referimos en el pasado segmento, el Tratado de Versalles contempló la creación de la Sociedad de Naciones, que posteriormente se llamaría Organización de las Naciones Unidad, pero también señaló los términos de rendición, que lógicamente no fueron bien aceptados por los perdedores, sobre todo por Alemania; ellos decían que tenían condiciones draconianas e injustas. Curiosamente el Senado e los Estados Unidos no lo ratificaron, probablemente debido a que en aquellos momentos al presidente Wilson le aquejaba una parálisis, además de que su candidato a la presidencia perdía las elecciones de 1920. En realidad, los E.U. después de la guerra volvieron a su tradicional aislamiento que sólo se había roto por las constantes provocaciones del gobierno alemán.

Aparentemente los que más se beneficiaron con la victoria, fueron Inglaterra y Francia, quienes se repartieron las colonias alemanas de Camerún (para Francia) y Tanzania (para Inglaterra). Pero también hubo reparto del Imperio Otomano, recibiendo los franceses el control de Siria y Líbano y los ingleses el de Irak. Los árabes de Siria, Palestina e Irak se sintieron engañados por las esperanzas de independencia que se les había prometido, irritándoles además el también prometido hogar judío en Palestina, generándose desde entonces un resentimiento antioccidental. En la práctica el cambio geopolítico fue notable, tal vez el más significativo fue en el área de los Balcanes, pues se dio la unión de eslavos del sur, croatas y serbios en una sola entidad que llamaron Yugoslavia.


Sin embargo la paz no se había asegurado. De Waterloo (18 d junio de 1815), hasta la revolución de octubre (6 de noviembre de 1917), habían transcurrido 100 años, que pasaron con cierta lentitud acomodándose las fuerzas y geografías de los diferentes Imperios y varias Repúblicas; sin embargo en cambios políticos y conflictos, de 1917 a la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989 (62 años), estos factores se dieron en mayor cantidad y en corto tiempo. Los elementos básicos que motivaron esta rapidez, se explican por los interminables avances industriales y tecnológicos, pero también al nacimiento de nuevos sistemas sociales como el comunismo, racismo y el surgimiento del nacionalsocialismo Alemán, que aparentemente daban mayores esperanzas de progreso a los pobres y posibilidades de grandeza a naciones que habían perdido su poder e influencia.

El mundo continuaría su marcha en una relativa paz durante escasos 21 años. El régimen de los zares había concluido con sangre, estableciéndose el poder soviético que pasaría de manos de Lenin al de Stalin. Japón continuaba su modernización, demostrando que podía ganar guerras y ampliar territorio. En 1922, Italia daba la bienvenida a Benito Mussolini, un jefe socialista que fundaría el fascismo y dejaría (en parte por conveniencia) al Rey, junto con los Papas como figuras honoríficas. En el mismo año de 1922 en Turquía, se daba el triunfo de Mustafá Kemal, el gran triunfador de la batalla de los Dardanelos contra los ingleses. No obstante que Turquía no perdió la guerra en batallas, su imperio fue menguado por la derrota de sus poderosos protectores alemanes. Kemal funda una República, que además defendió del viejo sueño de los griegos de establecer otro Imperio bizantino en parte de su territorio.

¿Pero qué pasaba en Alemania?....En 1920 había nacido la República de Weimar, cuyo presidente electo resultó ser Hindenburg, un general de la Gran Guerra, que tras los acomodos de la derrota, parecía que le había dado un equilibrio, hasta que se presentó la crisis norteamericana de Wall Street del 24 de octubre de 1929. Dicha crisis dejó sin trabajo a millones de alemanes que pudieron recuperarse en parte cuando surgió un nuevo presidente norteamericano; Franklin D. Roosevelt no sólo puso en marcha con su “New Deal” la economía de su país, sino la de varios más. Sin embargo Hindenburg, presionado por el fuerte surgimiento del partido extremista denominado Nacionalsocialista encabezado por Adolf Hitler, lo nombra a regañadientes Primer Ministro de la República, no obstante que al nuevo líder ya lo había encarcelado en 1924 por sus acciones violentas y de su partido.

Hitler (de origen austriaco que había participado en la guerra del 14), desde su nombramiento en 1933, explica al pueblo su programa de recuperación, además renombra a su partido como Nazi, convirtiéndolo en el único oficial. Al poco tiempo crea la Gestapo, que se ocuparía de aniquilar a muchos de sus seguidores como el caso Röhm, por considerarlos indómitos; en su mayoría, dichos ajustes los llevó a cavo en una noche, que se le ha dado en llamar “de los cuchillos largos”, en junio de 1934. A la muerte de Hindenburg, el Führer o único amo, abatió sin contemplaciones a los demás opositores.

Sin trabas parlamentarias ni de ortodoxia liberal o comunista, el Führer nombra al doctor Schacht como ministro de economía, provocando un mayor déficit que disimuló con mayor impresión de billetes y puesta en marcha de magnas obras públicas como las autopistas, dando empleo a millones de desocupados, que sin reservas elevaron a la categoría de líder salvador.

Al nuevo dictador alemán lo alimentaba una auténtica obsesión antisemita, que ya había dado a conocer en el libro “Mi Lucha” parte del cual escribió cuando lo habían encarcelado. Con un poder absoluto, su obsesión se convertiría en delirio racista de persecución contra los judíos, no solo en Alemania, sino en los países que a la postre invadiría. Ante mensajes tan claros, muchos intelectuales (judíos o no), lograron escapar cuando todavía se podía. A diferencia del marxismo basado en cierto racionalismo encaminado a ilustrar y al progreso del pueblo, el nazismo era totalmente irracional, pues exaltaba los principios vitales y pasiones más ocultas del ser humano; por ello la quema de libros y el odio a los demás, no importando el grado de sadismo y aniquilación colectiva que produjo.

Si bien, tanto el comunismo como el nazismo llegaron a considerarse por sus doctrinas como actos de fe o religiosos, la nazi antepuso desde tempranas edades a sus seguidores, el instinto contra la razón; una auténtica religión del odio, que necesitó del racismo para sus fines y conveniencias, proliferando absurdamente entre un pueblo que en aquel entonces se consideraba de los más civilizados del mundo. Ni siquiera Napoleón, a quien muchos consideraron el dios de la guerra y que en una ocasión expresó: “No hay nada más triste que un campo de batalla” pudo aventurarse a pensar o sentir, lo que los S.S. de Hitler expresaban sobre los campos de exterminio y las masacres, considerándolos muy bellos.

Gran parte de estas regresiones que atraparon al pueblo alemán, lo originó el encumbramiento por la propaganda y popularidad que Hitler y su partido lograron. Si bien hubo alguna mínima oposición, realmente no existe una sola explicación racional que pudiera hacernos entender tan terrible fenómeno, que llevó a la humanidad a adquirir una vergonzosa mancha indeleble de salvajismo, mediante el mayor y más sangriento conflicto bélico que haya existido hasta nuestros días.

Continuará…




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