La excelencias de la mujer en el judaísmo P I - Intelecto Hebreo

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03/11/2017
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La excelencias de la mujer en el judaísmo P I

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Las Excelencias de la Mujer en el Judaísmo


(Primera de dos partes)


Por: Carlos Benarroch
(Barcelona, España)

CUALIDADES FEMENINAS
La base de la vida social es la familia y, en el judaísmo, su pureza y estabilidad. Baste decir que la palabra hebrea para designar "matrimonio" es "kiddushim", "santificación". La pureza de la vida familiar, la fidelidad mutua de los esposos, han sido la característica del hogar judío y de la vida judía a través de los tiempos y un factor vital de la supervivencia del judaísmo y del estilo judaico de vida, mucho más determinante que la escuela y la sinagoga. Y nadie debe ignorar la función que desempeña la madre en la transmisión de las esencias judías. Un hogar en que se respire judaísmo es fundamental para nuestra continuidad.
El entendimiento conyugal es necesario. "Donde hay paz y armonía entre marido y mujer, la Shejiná habita entre ellos", afirma un dicho hebraico. "La Presencia de Dios" es necesaria en los hogares judíos, y se manifiesta esencialmente en aquellos en que reina el "Shalom".
Salomón matizó en Proverbios 1:8, el reparto de papeles de los padres con respecto a los hijos: "Escucha, hijo mío, la amonestación de tu padre y no dejes la Torá de tu madre". "Torá" equivale a "enseñanza, Ley, fe". La madre es la piedra angular en la educación de los hijos. Discretamente lo señala el párrafo de la Haggadá de Pésaj (Narración de la Pascua) sobre "el hijo que no sabe preguntar". En femenino indica: "At pétaj lo" - "Tú mujer, iníciale". (Les invito a reflexionar conmigo que mal podrá enseñar la mujer, si no está enseñada).



PERÁMBULO


He preparado este florilegio, que no pretende ser exhaustivo, para informar de la sinrazón de los que sostienen que nuestra tradición es esencialmente antifeminista. Nuestros clásicos, bíblicos y posbíblicos, contienen opiniones favorables a las mujeres y también desfavorables, como ocurre en los de todas las naciones, pero me parece que, entre nosotros, se da una mayor apreciación del mal llamado sexo débil.
Nuestra literatura, casi toda escrita por hombres, ofrece ejemplos de crítica a las féminas, mas también de alabanzas y no hay que olvidar que abarca un período de miles de años en los que ellas estuvieron frecuentemente reprobadas y sufrieron una relegación, en todos los pueblos, que no llegó a perjudicarlas todo lo que podía haber sido posible, si no tuvieran la fortaleza que poseen.
El apartamiento de que fueron víctimas tuvo malas consecuencias tanto para ellas como para la sociedad. Pienso, por ejemplo, que hubieran habido menos guerras si las madres hubieran mandado y, a propósito, recuerdo la oda de Horacio que dice: "bella matribus detestata". ("la guerra, detestada por las madres").
Un refrán español mantiene: "Las mujeres nunca son como los hombres, son mejores o peores". Y otro talmúdico asegura: "Todo se deriva de la mujer". Cuenta el Talmud -citando lo que una esposa puede influir en su marido-, una anécdota sobre un hombre piadoso que contrajo matrimonio con una mujer que también lo era y que se divorciaron al no tener hijos. Él se volvió a casar con una mujer mala y se volvió como ésta. Ella, por su parte, se unió a un hombre malo y lo hizo bueno. (Bereshit, 117:7). Tal es el poder femenino.
No es una sola razón la que me ha movido a espigar en nuestros libros algunas de las excelencias de la mujer que contienen y el elogio de su importancia, para ponerlos de relieve en este estudio, haciendo caso omiso de las malquerencias. Al exponerlos aislados, cobran un mayor valor y nos permiten ser más pragmáticos en tan importante tema. Creo, como otros, que ellas han jugado un papel definitivo en nuestra historia y que si los judíos hemos podido resistir, sin ceder a las persecuciones seculares, se debe en buena parte, a la lealtad y fuerza moral de las judías. Así como sucedió en el pasado, estimo que el porvenir puede tener en ellas su mejor valedor.
En esta época convulsa y conflictiva, la mujer, gracias a Dios, está ascendiendo en la escala de valores aceptada por la sociedad. El siglo 58 -me refiero al cómputo del calendario hebreo- va a ser el "siglo de la mujer". Las puertas les han sido abiertas. En Israel, una llegó a jefe del gobierno, como en los tiempos de Débora, jueza y profetisa, "madre de Israel", de cuya actuación resultó la unificación de las tribus israelitas y la reafirmación del culto al Dios Único (Jueces, cap. 4 y 5). Y no es que yo esté chocheando...
Puede decirse que históricamente, entre los antiguos hebreos la mujer estuvo mejor considerada que entre los que no lo eran, por lo general, dentro de las civilizaciones contemporáneas suyas. Aunque la situación en el Próximo Oriente, como en otros lugares, fue esencialmente machista, la Biblia hebrea tiene una más favorable actitud hacia la mujer, no sólo en relación con su importancia en la familia, sino asimismo en la vida religiosa. Es ejemplar la significación, el trato y la alta estima de la madre judía, en contraste con lo que ocurría en algunas otras naciones. (Compárese Proverbios 31:1 con el rudo lenguaje de Telémaco con su madre en la Odisea 5: 345-350).
A la muerte del esposo, la viuda quedaba totalmente desamparada. Entre los hebreos, la protegían numerosas leyes. En aquel entonces, era raro que las mujeres desempeñaran un papel relevante en la sociedad. Sin embargo, en nuestra historia existen una serie de ellas que se distinguieron en la iniciativa, en la acción, en el consejo, en la inteligencia, en la valentía y en el desarrollo de los acontecimientos.
Recuérdese, además de Débora -ya mencionada- a Miriam, Judit, Juldá, Yael, Mijal, Abigaíl, etc. Bien es verdad que aparecen en número mucho menor que los hombres y yo me atrevo a sospechar que el triunfo del hombre fue el triunfo del músculo y que los cronistas del pasado ignoraron las gestas de otras heroínas nuestras, quienes por su humildad, o por otras causas -que tienen que ver con el papel dominante del hombre-, no han sido recordadas. Es cierto que, debido a su arrinconamiento, la mujer, en muchos casos, debió actuar en el anonimato y frecuentemente por mediación de su marido, por ser la persona que más podía ser influida por ella. Nótese que por dos veces Dios ordenó a Abraham que oyera el consejo de Sara (Génesis 16:2 y 21:12). El célebre comentador Rashí glosa este hecho afirmando que "el espíritu santo" (Ruaj hakódesh) "hablaba por la voz de Sara" y añade que Abraham era inferior a Sara en su grado de profecía. (Gen. 21:12).
Ambos fueron los primeros esposos hebreos de la historia y su comportamiento marca una conducta a los maridos. De ahí el proverbio rabínico: "Si tu mujer es bajita, agáchate y escúchala". (Rab.Pappá en "Baba Metsiá"). Alguien dijo que junto a un gran hombre hay frecuentemente una gran mujer.

En el Talmud se observa que si bien en los Diez Mandamientos se exige: "Honra a tu padre y a tu madre", el orden aparece invertido en Levítico 19:3: "Cada uno debe temer a su madre y a su padre" En el primer pasaje aparece primero el padre, en el respeto, en el segundo, figura antes la madre, en el temor. Según Rabbí, cabe interpretarlo en el sentido de equilibrar la tendencia natural del niño a sentir más miedo del padre y más amor a la madre. (Kiddushim, 39:a). Se trataría de evitar diferencias en los sentimientos hacia los progenitores, o, tal vez, que no se abuse de la condescendencia de la madre: Honrar y temer a Dios, son igualmente preceptuados en Deuteronomio 10:20 y Proverbios 3:9.
  Cuenta la Guemará que cuando Rabí Yosef oía los pasos de su madre, se ponía en pie en señal de reverencia y exclamaba: "¡Dejad que me levante delante de la aproximación de la Shejiná!" (Kidd. 31b). La misma extremosidad con sus madres se cuenta de otros rabinos.
De todos es sabido que se considera judío de derecho al hijo de madre judía y no al hijo de padre judío, si la madre no lo es. Esta distinción tiene su origen en la certeza de la influencia que las madres ejercen sobre sus hijos y en que ellas suelen tener mayor fe que los hombres (Sifré Bemidbar, 133).La atribución al Ser Supremo del carácter de Padre: "Abinu shebbashamayim" (Nuestro Padre que está en los cielos), aunque no deja de ser un antropoformismo, tiene su compensación en Isaías 66:13, donde Dios manifiesta que consolará a Israel como una madre: "Como a un hijo a quien su madre consuela, así yo os consolaré".

No podemos ignorar que, en puro monoteísmo, el Eterno no es hombre ni mujer, ni tiene cuerpo y que estas expresiones se usan en sentido figurado. Que Dios no es hombre, está escrito claramente en Samuel, 15:29: "lo adam hu" - "Él no es hombre". La misma aseveración se halla en Números 23:19: "lo ish El" - "Dios no es un varón". Y, por tercera vez, en las Sagradas Escrituras hebreas, lo encontramos en Job, 9:32: "qui lo ish camoni" - "que Él no es hombre como yo". La igualdad que hemos visto en los Diez Mandamientos y en la Torá sobre la consideración de los progenitores, se aplica también en el castigo del adulterio. En este caso, el adúltero y la adúltera eran castigados con la muerte (Lev. 20:10).
Al crear un hogar y unirse a una mujer, el hombre se debe a ella principalmente, como se expresa Génesis 2:24: "Es por eso que el hombre abandona a su padre y a su madre, se une a su mujer y devienen una sola carne". El matrimonio monogámico, que hay sociedades en las que no impera todavía -fue una institución de primera hora en la Creación, Adán y Eva. Parece ser también que los maestros del Talmud tuvieron una sola esposa. Otra característica de nuestra antigüedad, es que el deseo de la joven soltera no era ignorado cuando se concertaba un matrimonio y hasta idéntico cuidado se tenía con la cautiva (Gen. 24:8 y Deut. 21:10-14).

MÁS SOBRE LA FAMILIA JUDIA Y EL HOGAR
La máxima inglesa: "My home is my castle" - "Mi hogar es mi castillo" podría ser considerada una máxima judía. Es la fortificación en que hemos vivido para defendernos de las asechanzas exteriores. Pero hay un pormenor a destacar. En el Talmud se establece que: "El hogar del hombre es su mujer" (Yomá, I:I). Y se cuenta que rabí Yosé tenía la delicadeza de no llamar a su esposa por este nombre, sino que siempre la llamaba "Mi hogar" (Shabbat, 118 b).
La esposa ocupa un lugar privilegiado en la sociedad judía, especialmente si se compara con el trato que recibía en otras culturas. Ella es la reina del hogar y es notable el honor que le rinden la Torá y el Talmud. De ninguna forma son consideradas inferiores a los esposos. La actividad atribuida a cada uno es diferente, pero no menos significante en beneficio de la prole y la comunidad.
En los tiempos que la poligamia era generalmente practicada, la ley mosaica que dictó disposiciones de protección como: la de prohibir tener dos esposas hermanas, para evitar rivalidades entre ellas, y otras encaminadas a la santidad de las uniones, que había de caracterizar a la familia israelita. Entre ellas, unirse a una mujer y a su madre, por considerarlo incesto (Levítico 18:18 y 20:14).
Es ilustrativa del poder de la esposa, la influencia de las madres famosas en la tradición épica. Verbigracia: Sara (Gen. 21:12) y la madre de Sansón, esposa de Manóaj (Jueces, 13:23). Sara pudo despedir a Agar e Ismael, pese al mucho sentimiento de Abraham, si tenemos presente que Ismael era su hijo, y en el nacimiento de Sansón, fue la sensatez de su madre lo que hizo perder el miedo de morir que sufrió el padre al creer que había visto a Dios, representado en el ángel que se lo anunció.
La familia judía, constituida por marido, mujer e hijos, es el núcleo mediante el cual se ha transmitido la herencia religiosa y cultural judía. El primer mandamiento dado a Adán y Eva fue: "Creced y multiplicaos". Rabí Eliezer llegó al extremo de considerar asesino, al hombre soltero que huye del deber de procrear hijos (Tosef. Yeb. 8:4) e Hilel, decía que el mínimo que debe pretender conseguir un matrimonio es un hijo y una hija (Yeb. 6:6).

SIGUE LA APOLOGIA DE LAS HIJAS DE EVA
Nuestras Escrituras colocan al hombre y a la mujer en el mismo plano de igualdad con relación a los mandamientos de la Tora (Baba Kammá 15 a). Sobre la naturaleza y calidad del sexo femenino, observa una sentencia rabínica: "La mujer hila mismo cuando está hablando". Otra, en el mismo sentido, la compara con ciertas aves: "La oca agacha la cabeza mientras anda; pero sus ojos no dejan de vigilar". Tal ocurre a la mujer (Meg. 14 b). Rabí Akibá sostiene que el pueblo hebreo fue redimido de la esclavitud de Egipto, en recompensa de la virtud de sus mujeres justas (Sota, 14b).







Un relato talmúdico sobre la importancia de la mujer cuenta que un hereje le dijo a Rabbán Gamaliel: "Vuestro Dios es un ladrón, porque aprovechó que Adán estaba dormido para quitarle una costilla" (Gen. 2:21)". La hija del rabí, que estaba presente, intervino pidiendo a su padre que le dejara replicarle: "-¡Oiga, señor! Necesito un juez porque anoche entró en mi casa un ladrón y me robó un jarro de plata, dejándome un jarro de oro". Al oírlo, el acusado exclamó: "¡Ojalá un ladrón como ese me visitara todos los días!..." -Ah, ¿sí? -arguyó ella-. Concédame entonces que fue un espléndido regalo el cambio de una simple costilla por una mujer." (Sanhedrín 39 a)
En relación al Creador, el hombre no es superior a la mujer. En la Ley de Moisés se concreta que Dios creó tanto al hombre como a la mujer a su Imagen (Gen. 1:27-28). Eva, la primera mujer, recibió el título de "em kol jay" - "madre de los seres vivos". Adán, aunque fue el primer hombre, no fue designado como "padre de los humanos". Ambos comparten la bendición divina y a ambos somete el Hacedor la tierra y todas sus criaturas (Gen. 1:28).
Sara, la primera mujer hebrea, atrajo a su fe monoteísta a multitud de mujeres paganas, al par que Abraham lo hacía con los hombres. Tal es la interpretación que da Rashí a la frase de Génesis 12:5 "y las almas que hicieron en Jarán" (que "hicieron" los dos, Abraham y Sara).
Cuenta el Midrash que cuando Trajano venció a los judíos, colocó a las mujeres ante una alternativa, entregarse a sus soldados o acompañar a sus maridos en la muerte. Todas, sin excepción, eligieron morir con ellos (Midrash Ejá, 48). Numerosas historias del pasado nos hablan no sólo de espíritu de sacrificio de la fémina, sino igualmente de su religiosidad y mandan además los Maestros de la Ley que no se desprecie su opinión, porque Dios dotó a la mujer de un sentido especial del que el hombre carece, de un mayor grado de discernimiento (Niddá, 45). En Berajot, 10, Rab Pappá asevera que "la mujer reconoce mejor que el hombre el valor de un invitado", es decir, que tiene mayor intuición. Se comprende, siendo así, que Salomón opinara: "Quien halló esposa, halló bien y alcanzó el favor del Eterno" (Proverbios 18:22).
Supongo que tal como los judíos, en razón a la discriminación que sufrieron durante siglos, necesitaron desarrollar ciertas cualidades específicas, a su vez las mujeres, en relación al arrinconamiento que padecieron, tuvieron que mejorar su percepción y astucia, para resistirlo. Igualmente puede ser fruto de estas circunstancias el cuidado de su apariencia física, mayor que el que tiene el varón.
La Torá destaca la belleza de las esposas de los patriarcas y los rabíes la consideran no como una cualidad, sino como un reflejo de la nobleza del alma. "Toda novia que tiene los ojos bellos, no tiene necesidad de otra prueba de sus cualidades" (Ta'anit, 24a). Otro principio de nuestros Sabios califica de "felicidad" para un rabino, el hecho de tener su esposa una fisonomía agradable (Shabbat, 25 a).
La paremiología española sostiene que: "Los ojos son el espejo del alma". Lo mismo dicen en francés: "Les yeux sont le miroir de l'âme", en italiano: "L'occhio è lo specchio dell'ànima" y en inglés, alemán y latín: "Oculus animi index". ¿No sería por eso que las mujeres se pintan y pintaban los ojos para tenerlos más bellos?
El que nuestros Sabios consideren axiomático que "los varones provienen de la mujer y las hembras de los varones" (Vayikrá Rabbá, c.14) nos revela el concepto rabínico de la genética, que cree que, en la relación conyugal, su fruto, al ser inverso, equipara la importancia de los dos sexos. Hombres y mujeres proceden del sexo del otro. Al hombre se le designa en el libro de Job: "yelud ishá" - "nacido de mujer" (Job, 14:1 - 15:14 - 25:4). Así se comprende que, según dicen, Salomón declarara: "Yo no puedo hablar mal de las mujeres porque tengo madre".

Continuará...


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