Un judío que nace judío, ¿...muere judío? - Intelecto Hebreo

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03/11/2017
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Un judío que nace judío, ¿...muere judío?

1er Lustro Rev. Foro

Por: Luis Geller
(08/2011)
Los murmullos cesaron en el ruidoso andén de la vieja estación romana del ferrocarril. En aquel otoño de 1934, aunque la tarde era tibia, empezaban ya a sentirse los vientos invernales que soplaban desde las montañas.

Ensordecidos por el estruendo de la caldera de la locomotora que había partido de Frankfurt varias horas antes y ahora exhalaba un chorro de vapor para liberar su carga, la angustia de decenas de espectadores que aguardaban en el andén había llegado a su fin. Salir de Alemania era toda una aventura y la llegada a Roma de la locomotora sin duda había alegrado los rostros de los espectadores.

Hermine Speier bajó la escalera metálica luciendo su nueva mascada blanca, de seda, que había comprado con sus últimos ahorros especialmente para la ocasión. Sus ojos se posaron en la figura familiar que la esperaba con los brazos abiertos, su maestro en la Universidad de Heidelberg  la persona que la había atraído como un imán a al estudio de la arqueología y que ahora la miraba descender del tren, complacido y sonriente.
—“Así es como la recuerdo, jovial y alegre. Bienvenida a Roma.”
—“Gracias profesor” —respondió, atándose la mascada al dedo medio mientras arrastraba su pequeña maleta, gastada en los bordes— “Es lo único que pude traer. Créalo o no, estoy siguiendo sus pasos. No es agradable que a una le digan que ya no puede seguir trabajando en la Universidad y en el país, especialmente por ser judía. Como si ser judío le cambiara a uno el PH de la sangre.”

Pero Ludwig Curtius tenía una sorpresa para ella.
—“Spinny” —le dijo, recordando el apodo con el que la llamaban sus amigos cercanos— “he hablado con el Director general de los Museos Vaticanos, mi amigo Bartolomeo Nogara para que usted empiece a organizar la colección fotográfica. Será la primera mujer en trabajar como profesional en el Vaticano. El mismo Papa le dará la bienvenida. ¿Se imagina? la primera mujer…”
—“La primera mujer… y además, judía.”

Hermine Speier fue recibida y confirmada en su puesto por Pio XI y así empezó a trabajar de inmediato en los enormes salones del Museo. Fue la primera mujer que laboró en el Vaticano, aparte de las monjas y del personal eventual de servicio. Allí, el eco de sus tacones hizo revolotear a las palomas y creó el marco propicio para que la Ilustración teutona penetrara por las rendijas de la sede de la institución católica más poderosa del mundo.

Pocos años después de su llegada a Roma, en 1943, mientras la bota nazi se teñía de la sangre que manaba a su paso por la campiña romana, Hermine Speier hubo de dejar la apacible tranquilidad de su morada vaticana para escapar hacia las Catacumbas de Santa Priscila en la vía Salaria. La ferocidad alemana arremetía contra la comunidad judía de Roma y Hermine Speier tuvo que refugiarse en la casa de las religiosas de Santa Priscila. Cuando las monjas le dieron la bienvenida, Hermine Speier suspiró aliviada. Pensó que ése era el lugar perfecto por si algo le sucediera, ya que siempre podría escapar por algún túnel secreto, como lo habían hecho los primeros cristianos de la historia.

Por aquel entonces, en 1943, Giselle Lustiger, la madre del Cardenal Aarón Jean-Marie Lustiger moría incinerada en los crematorios de Aushwitz-Birkenau. Hasta 1942, año en que fue deportada, Giselle y su esposo Carlos vivían en Paris y atendían un pequeño negocio de ropa íntima. Eran judíos que habían huido de Polonia durante la I Guerra Mundial, que hicieron su hogar en Francia y vivían como judíos no practicantes, hablaban idish y mantenían una casa tradicionalmente judía aunque alejada de la ortodoxia religiosa de la que solían renegar constantemente al igual que muchos judíos inmigrados.

Giselle y Carlos tuvieron dos hijos, Aarón y Arlette. Poco después de la ocupación alemana, para protegerlos, los enviaron a vivir con una mujer católica a la ciudad de Orleáns. Aarón —a los 13 años— decidió convertirse al catolicismo. Su hermana fue bautizada poco después. Giselle murió en los hornos y Carlos regresó a Paris donde murió en el año de 1982.

Aarón Jean-Marie Lustiger estudió en la Sorbonne, después en el Seminario de los carmelitas en París, más tarde en el Institut Catholique hasta 1954, año en que fue ordenado sacerdote. Su padre observó la ceremonia desde un apartado asiento en la parte trasera de la Iglesia. El resto es historia.

El Cardenal Lustiger nunca renegó de sus orígenes judíos. Hablaba idish de manera fluida y llegó a ejercer distintos puestos donde sus conocimientos y origen judío fueron utilizados políticamente por el Vaticano. Fue asistente personal del Papa Juan Pablo II, creó la fundación Yahad-In Unum y entre otras misiones, se encargó de solucionar el conflicto que habían creado las monjas carmelitas al erigir un Convento en Aushwitz.

En enero de 1981 fue nombrado Arzobispo de Orleáns.

—“Para mí” —dijo en una entrevista— “este nombramiento es como si de repente, el crucifijo empezara a llevar una estrella amarilla.”

A su manera, Lustiger nunca olvidó su origen judío.
—“Nací judío y me quedaré para siempre judío” —dijo en una ocasión a la prensa— “aunque para muchos sea inaceptable. Para mí, la vocación de Israel es traer luz a los “goyim”. Ésa es mi esperanza, y creo que el cristianismo es la manera de lograrlo.”


En 1983 fue nombrado Cardenal.
En 1995, en una visita a Israel, Yisrael Meir Lau, el Rabino ashkenasí en Jefe le increpó directamente:
—“Usted traicionó a su gente y a su fe durante uno de los períodos más difíciles y oscuros…”
El Cardenal, a quien apodaban “el bulldozer” por su pasión y empuje, le respondió sin inmutarse:
—“Decir que ya no soy judío es como negar a mi padre y a mi madre, a mis abuelos y abuelas. Soy tan judío como todos los miembros de mi familia que fueron masacrados en Aushwitz o en los otros campos.”

Después de la muerte de Juan Pablo II, un amigo suyo especuló sobre si él creía que podría ser el próximo Papa.
El Cardenal Lustiger sonrió, y en un idish perfecto, dijo:
—“De tu boca a los oídos del Señor.”

El cardenal Aarón Jean-Marie Lustiger murió un domingo de principios de agosto de 2007. El presidente de Francia Nicolás Sarkozy interrumpió su gira por Estados Unidos para estar presente en su funeral. Fue enterrado en una cripta en la Catedral de Notre Dame. De acuerdo a sus deseos, al término de la homilía en su honor, un amigo cercano recitó el kádish a las puertas de la Iglesia.

Hermine Speier no tuvo ese privilegio. Murió en 1989 después de haberse convertido al catolicismo y fue enterrada en el Campo Santo Teutónico del Vaticano donde —a decir de la propia Spinny— “esperará el momento de la resurrección.”

Nuestros personajes nacieron judíos. Lustiger murió judío, a su manera. Los familiares de Hermine Speier emigraron a otros países y rompieron para siempre con ella.

Según dicen nuestros sabios un judío converso nunca deja de ser judío.
En los dos casos que hemos mencionado, ¿habrá sido así?





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