Yo me enamori de un aire - Intelecto Hebreo

Son las:
31/03/2017
Vaya al Contenido

Menu Principal:

Yo me enamori de un aire

Colección y Consulta

Por: Julio Algazi Maya

En la actualidad, recorriendo por una carretera moderna la distancia, ahora bastante corta de unos 70 kilómetros, se puede llegar, partiendo desde Istambul rumbo al oeste, a un pequeño pueblito que se encuentra enclavado justamente a orillas del Mar de Marmara. Esta pequeña población no tendría mayor relevancia a no ser por su "famoso" yoghurt y, también, por haber sido cuna y tumba de muchos de mis antepasados.
Buscando, con la mejor buena intención del mundo, el lector curioso podrá encontrar en el mapa a ese minúsculo pueblo de Turquía, que aún hoy lleva por nombre SILIVRI y al que no sé por qué razones los lugareños sefaraditas siempre llamaron SILIVRIA.
Es cosa que en nuestros días nadie ha podido explicar. Como muchas familias, provenientes de la España católica, lanzadas a los caminos por un exilio forzado, perentorio y brutal, llegaron a establecerse en ese remoto rincón de la Turquía Otomana.


Es a SILIVRIA donde llegaron familias con apellidos tan marcadamente sefaraditas como FRANCO, CARMONA, PEREZ, MAYA, BENEZRA, ALGAZI, SUSI, CAPUANO, BALI, TACHER, BITON y sin faltar naturalmente los ISRAEL, LEVY Y COHEN. Fue en esta aldea donde las familias, que España expulsó, encontraron refugio y permanencia.
Ya en la nueva tierra estas familias fueron echando sus raíces y generación tras generación mantuvieron inquebrantable el legado Sefaradí que recibieron en sus casi 1,500 años de permanencia en SEFARAD. La Inquisición pudo desarraigarlos físicamente de la vieja tierra mas no pudo arrancarles la riqueza de su historia y tradiciones.
En la vivencia cotidiana de ese apartado pueblo turco, los sefaraditas establecieron -como todas las comunidades judías en la Diáspora- primero su Khal, su Bet Ahaim y su Talmud Torah. Siendo estos pilares de continuidad y de arraigo en que se fundamentó la vida judía a partir de la destrucción del Segundo Templo en el año 70 de la era cristiana.
Mis antepasados, repuestos del golpe propinado por los Reyes Católicos, comenzaron a rehacer sus vidas. La propia unidad del idioma: el ladino; la unidad de las canciones; la transmisión oral del romancero fueron marcando el sello de continuidad y en ese continuo bregar por la sobrevivencia nunca se dejó de lado lo entrañable de su característica sefaradí.
Se hablaba el Djudezmo. Se cantaba en Djudezmo y las oraciones en el Khal eran, indistintamente, recitadas en hebreo o en Djudezmo. La cadena tradicional, más fuerte que el tiempo, no cejó el paso. Tal pareció que permanecer aferrados a las tradiciones sefaraditas era razón y fuente de vida.
Pasaron casi otros cuatrocientos años. Las fuerzas del movimiento se pusieron nuevamente en marcha. Al terminar la Guerra Balcánica y la Segunda Guerra Mundial, oleadas humanas se lanzaron por los caminos del mundo en busca de mejores oportunidades. Hoy, después de casi 500 años, no vive ningún judío en SILIVRIA.
Mis padres también formaron parte de ese peregrinaje y buscando un porvenir mejor vinieron a dar a Cuba. Tierra nueva. Tierra promisoria. Tierra en la que, libres de guerra, pudieran convertir en realidad sus ilusiones de obtener una vida mejor para sus hijos.






Mi madre impregnaba el hogar de cánticas y los aromas que salían de su cocina eran tan distintos a los de nuestros vecinos que, aún sin quererlo, establecía la diferencia. Los hijos escuchábamos el hablar de los padres; de los tíos, y ese hablar, aunque parecido, no era igual al que aprendíamos en la escuela o escuchábamos en las calles. Las canciones de la casa no eran las mismas que escuchábamos en otras partes. Y así, sin darnos cuenta, paralelamente aprendimos a hablar y a cantar en "djudezmo" y en ese peculiar "cubano" que es herencia de lo andaluz.
Reunidos a la mesa, los hijos oíamos a nuestros padres relatarnos historias que a veces parecían surgidas de la fantasía. Siempre reque en esas conversaciones de familia salía a la luz la historia de la permanencia judía en España y las grandezas de esa historia, fue quizás magnificada en la mente de los niños.
Y escuchar las cánticas, para mi las más dulces, las más románticas, siempre provocaban un coro de voces disonantes que se unían a la de mi madre y repercutían en todos los rincones de la pequeña casa. Fueron canciones que entonces me parecieron maravillosas en su letra y que ahora entiendo que tienen la misma simple belleza del volar de un pájaro.
Me enamoré de Sefarad.- Me enamoré de sus canciones.- Me enamoré de sus comidas.- "Yo me ENAMORI de un aire... Tralalala... tralalala... y al repetirla me hace muy feliz. Poren ese aire respiro esa maravillosa herencia, la esencia de ser Sefaradí.
Ahora puedo, con un mucho de nostalgia, cariño y devoción, decirle a mi madre, z"l: El legado permanece...


"DURME, DURME, HERMOSA DONCELLA,
DURME, DURME, SIN ANSIA Y DOLOR..."

Regreso al contenido | Regreso al menu principal